Archive for Repeticiones

Singin’ the same lines all over again

Tantas cosas han cambiado desde mi último post, y sin embargo,

And I’m feelin’ the same way all over again
Feelin’ the same way all over again
Singin’ the same lines all over again
No matter how much I pretend

Volviendo a las mismas canciones, que he cantado una y otra vez en los últimos 10 años, 6 y medio de los cuales he estado tal como hoy, solo y añorando, sintiéndome perdido aun sabiendo muy bien hacia donde voy.

Yeah, I’m still Falling for You

Jem – Falling for You (Unplugged)

Orgullosamente…

Ratings Master!

Yahoo! Music Ratings Master

y ahora son

26

Si, Perro

Si, soy un perro. Ya lo había dicho antes.

Soy ese animal que se quedaría a tu lado (de verdad a tu lado) cuando lo necesitaras. Que te protegería si estuvieras asustada. Que caminaría a tu lado y te guiaría si te sintieras perdida. Que te acompañaría donde fuera. Que nunca mordería tu mano, a menos que lo lastimaras demasiado.

Eso soy, y de lo que soy es de las pocas cosas de las que estoy realmente seguro.

Por eso me duele tanto tú digas eso, que dudes de mí, aunque haya sido un comentario insignificante. Porque significa que no entendiste mi idioma. Porque lo que te dije, todo lo que te dije, fue sincero. Y no entendiste quién soy.

Y porque si no dije ‘te amo’ fue porque no me diste la oportunidad de amarte.

El Estado Natural

Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo,
no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.

Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original
-contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.

Darío Jaramillo Agudelo

Sobre la Vejez

Hace algunos días murió mi abuelo. Lo digo de otra forma: Hace algunos días finalmente murió mi abuelo. La vida le dio un cruel regalo al darle varios años más de los que a él le hubiera gustado vivir. Ese ser alguna vez fuerte y orgulloso, pasó sus últimos días postrado en una cama, ciego y completamente dependiente de otros. Al verlo así, escribí este texto el año pasado, y creo que vale la pena rememorarlo ahora.

 

Le tengo miedo a la vejez. Mucho miedo. No se trata de la cercanía del gran interrogante que es la muerte, o la perdida de la preciada juventud. Le temo a esa vejez que te roba la propia esencia de tu ser y te deja reducido a una vida nominal. Le temo a dejar de ser lo que soy, o peor aun, continuar siendo pero estando atrapado en un cuerpo que ya no me pertenezca, y que se niegue a dejar de vivir.

Le temo a que la demencia senil me sumerja permanentemente en un mundo de sueños y pesadillas, a que el mal de Alzheimer me quite la memoria de corto plazo y así la posibilidad de aprender algo nuevo cada día, a que el mal de Parkinson y sus incontrolables temblores le roben la habilidad a mis manos que son la llave de mi mundo de magia y tecnología.

Le temo también a que mi mente continúe lucida y funcionando, prisionera de un cuerpo cuyos ojos ya no tengan luz para leer, sus oídos se encuentren cerrados para la música, y que haya perdido la habilidad básica de caminar. Le temo a la perdida de la dignidad que implica el que no pueda ir al baño sin asistencia, le temo a que mis funciones dependan de algún terrible cóctel de fármacos, y que haya alguien ahí que impida que deje de tomarlos.

Hace poco hablaba con un amigo acerca de estos temores. Le conté de dónde surgieron (tengo referentes muy cercanos), y de lo intensamente emocionales que se volvieron algunas de mis reflexiones al respecto. Es posible que lo haya dejado algo inquieto con la charla, en especial cuando le mencioné que mi determinación era hacer lo que fuera necesario para que mi temor no se hiciera realidad. Creo que es un derecho básico, y un deber en ocasiones, el poder decidir cuando la propia vida debe llegar a su fin. Y quiero que mi vida termine mientras aun soy yo, mientras aun estoy aquí. Sin embargo es una apuesta extremadamente difícil. Quiero esperar hasta el último momento antes de tener que tomar una decisión, pues me encanta vivir, pero si espero demasiado podría perder la capacidad de llevarla a cabo. Por su parte mi amigo me dijo – y sabias fueron sus palabras – que esperaba que nunca tuviera que decidir al respecto.

Por supuesto, es posible que mi vida llegue precipitadamente a su fin, antes de que comience a cambiar (naturalmente) el color de mi pelo y antes de que pueda empezar a preocuparme seriamente por la cuestión, quizás un día en que olvide que hay que mirar a ambos lados antes de cruzar la calle, incluso si la calle es de una sola vía. Pero el deseo en realidad reside en el hecho de que hay formas hermosas de envejecer. Este post tiene su origen en un escrito que hace parte de un artículo titulado “Lo que me duele a mi edad”. Quien escribe es Álvaro Castaño Castillo, famoso (relativamente) por ser el fundador (en 1950) y director de la emisora HJCK, la más antigua emisora que aun sobrevive en Colombia, retirada hace poco de las ondas radiales para ser emitida exclusivamente por Internet (proyecto que también dirige Álvaro Castaño). Y escribe con propiedad, y una visible sonrisa (visible en la foto que se hace visible en la página 224 de SoHo, 68), acerca de sus 85 años. Ese es mi deseo, vivir mis 85 años sintiéndome libre y sintiéndome útil, creando y construyendo, amando y siendo amado.

« Previous entries